Logro recordar, cuando a mi edad infantil buscaba el reconocimiento de
mis padres, lógico a esa edad verdad? estaba en mi etapa inmadura y de
crecimiento emocional, construyendo mi autoestima. En realidad, mis padres me
ayudaron mucho a recibir un grado de reconocimiento externo y interno, y a
medida que he ido madurando ha ido creciendo mi autoestima. He tenido etapas
duras en mi vida y dejé en manos de terceros mi propia vida, la adolescencia y
la juventud…pero siento orgulloso de tomar mi vida en mis manos y sentir mi
poder interno y coger la responsabilidad de ser el protagonista de mi propia
vida.
Hay solución! si de de pequeños y de jóvenes no hemos recibido un grado
suficiente de reconocimiento de nuestro entorno, que nos haya permitido
interiorizarlo para amarnos, sentirnos seguros y fuertes, entonces no
disfrutaremos de una buena autoestima en nuestra edad adulta. Así pues, la
autoestima además de comprenderla como una cuestión de grado, y por tanto
tener una baja autoestima no es determinante, si no reversible, también
entiendo que podemos aprender a mejorarla o a construirla.
Está claro
que a todos nos gusta que nos “valoren”, nuestras acciones, las cosas que
hacemos. En ocasiones podemos tener dudas y nos es necesaria opiniones, pero
creo que esa valoración debe ser una preferencia, y no una
necesidad que guíe todas y cada una de nuestras acciones, es decir que el
reconocimiento compulsivo de todo no es sano.
Cuando se es
niño es comprensible y legítimo esperar elogios por las cosas bien hechas, de
adultos, nos gusta recibir por ejemplo de nuestro jefe el reconocimiento por el
trabajo bien hecho, pero la satisfacción de haber hecho bien el trabajo es algo
propio, y si el jefe lo reconoce mejor, pero no debemos dudar de nuestras
competencias por no recibir en nuestra edad adulta reconocimiento constante.
Sé lo mucho que valgo, porque me quiero, y me siento una persona segura,
aunque en ocasiones decaigo, como ser humano que soy, pero para nada me siento
una persona vanidosa, de hecho otra de las muchas cosas que no
soporto es la vanidad, ese excesivo orgullo propio y el afán de ser admirada o reconocido
rozando el narcisismo. En ese sentido, me da la impresión que la vanidad,
esconde un sentimiento de inferioridad y el deseo de ser aceptado por los otros
como algo necesario y vital, alardeando de tus dotes y virtudes. La persona
vanidosa trata de demostrar que no es menos, y es en realidad es lo que siente
de sí mismo, y por tanto por eso espera reconocimiento de los demás.
En realidad,
encuentro que hay personas que necesitan reconocimiento por todo, como una
necesidad vital insana y como dice Deepak Chopra:
“La necesidad de aprobación, la necesidad de controlar las cosas y de
tener poder externo se basan en el temor. Esta forma de poder no es el de la
potencialidad pura, ni el poder del yo, o poder real. Cuando experimentamos el
poder del yo no hay temor, no hay necesidad de controlar, y no hay lucha por la
aprobación o por el poder externo.”
-Deepak Chopra-
Encontrar ese equilibrio y no caer en los dos polos opuestos;
buscar exageradamente la aprobación y ser vanidoso, es encontrar la
autoestima, encontrarse a uno mismo, tomar nuestras propias decisiones con
todas las consecuencias, creer en uno mismo, aunque siempre habrá personas que
nos critiquen y nos desaprueben o por el contrario les gustemos, pero se trata
de no sentir que somos ni más ni menos que nadie, simplemente reconocerse
como persona y sentir que lo único importante es quien somos como personas y
los valores humanos que nos definen, cultivar nuestra autoestima mejorarla
incluso construirla y valorarnos a nosotros, porque nadie te conoce mejor que a
ti y nadie te valorará mejor que uno mismo, en conclusión amor propio!
Os dejo este cuento de Jorge Bucay :
El verdadero valor del
anillo
Érase una vez un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.
-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo: «Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después…». Y, haciendo una pausa, agregó: «Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar».
-E… encantado, maestro -titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergados.
-Bien -continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió-: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
- Maestro -dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Eso que has dicho es muy importante, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
– ¿Cincuenta y ocho monedas? -exclamó el joven.
– Sí -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.
Érase una vez un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.
-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo: «Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después…». Y, haciendo una pausa, agregó: «Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar».
-E… encantado, maestro -titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergados.
-Bien -continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió-: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
- Maestro -dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Eso que has dicho es muy importante, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
– ¿Cincuenta y ocho monedas? -exclamó el joven.
– Sí -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.
Zapatos que reconocen, y se siente reconocida como una preferencia!

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